24.11.04
Ejemplos prácticos de ayer y hoy (II)
...simplicidad vs complejidad...
Siempre podemos encontrar formas más simples de hacer las cosas. Si nos esforzamos en utilizar nuestra capacidad creativa, aunque creamos no tenerla, podemos llegar a simplificar desde nuestra propia vida a nuestro trabajo, ayudando al mismo tiempo a los demás a simplificar. De esta forma, ahorraremos tiempo y esfuerzos, ya que los demás comprenderán rápidamente de qué estamos hablando. Deberíamos preguntarnos por qué a algunas personas les gusta la complejidad. Se me ocurren dos posibles motivos: por una parte, si presentamos un asunto como algo difícil y enmarañado, puede parecer que entendemos más que otros sobre el tema; y, por otra parte, quizás, si logramos que los demás no nos entiendan, podemos parecer más inteligentes. A buen seguro hay muchas otras razones que hacen que la vida se complique, que no demos las instrucciones correctamente, que nuestra forma de utilizar el lenguaje sea de por sí compleja. Quizás sea porque, para simplificar, hemos de tener muy claro de qué estamos hablando, es decir, hemos de conocer profundamente un tema para poder reducirlo a su mínima expresión.
Tal vez, en una sociedad donde parece que todos debemos tener títulos que demuestren nuestros conocimientos e inteligencia, utilizamos más la complejidad para evitar pensar por nosotros mismos; pero ser inteligente no siempre significa pensar correctamente. La simplicidad puede ser difícil de comprender. Muchas veces necesitamos explicaciones complicadas para entender las cosas. Este proceso puede ser debido a que consideramos que las cosas sencillas no tienen tanto valor como las complejas, por el mero hecho de su sencillez.
Pero, probablemente, si dedicamos un poco de tiempo a la reflexión, veremos que simplificando obtendremos muy buenos resultados, tanto de nuestro trabajo como de nuestras relaciones con los demás.
(Fuente: Pilar Soldevilla)
Siempre podemos encontrar formas más simples de hacer las cosas. Si nos esforzamos en utilizar nuestra capacidad creativa, aunque creamos no tenerla, podemos llegar a simplificar desde nuestra propia vida a nuestro trabajo, ayudando al mismo tiempo a los demás a simplificar. De esta forma, ahorraremos tiempo y esfuerzos, ya que los demás comprenderán rápidamente de qué estamos hablando. Deberíamos preguntarnos por qué a algunas personas les gusta la complejidad. Se me ocurren dos posibles motivos: por una parte, si presentamos un asunto como algo difícil y enmarañado, puede parecer que entendemos más que otros sobre el tema; y, por otra parte, quizás, si logramos que los demás no nos entiendan, podemos parecer más inteligentes. A buen seguro hay muchas otras razones que hacen que la vida se complique, que no demos las instrucciones correctamente, que nuestra forma de utilizar el lenguaje sea de por sí compleja. Quizás sea porque, para simplificar, hemos de tener muy claro de qué estamos hablando, es decir, hemos de conocer profundamente un tema para poder reducirlo a su mínima expresión.
Tal vez, en una sociedad donde parece que todos debemos tener títulos que demuestren nuestros conocimientos e inteligencia, utilizamos más la complejidad para evitar pensar por nosotros mismos; pero ser inteligente no siempre significa pensar correctamente. La simplicidad puede ser difícil de comprender. Muchas veces necesitamos explicaciones complicadas para entender las cosas. Este proceso puede ser debido a que consideramos que las cosas sencillas no tienen tanto valor como las complejas, por el mero hecho de su sencillez.
Pero, probablemente, si dedicamos un poco de tiempo a la reflexión, veremos que simplificando obtendremos muy buenos resultados, tanto de nuestro trabajo como de nuestras relaciones con los demás.
(Fuente: Pilar Soldevilla)